Langosta común (Palinurus elephas)

 

¡A la rica langosta! Pero viva, ¿eh? ¡Que esto es un blog de biología, no de gastronomía!
Las langostas, como todos los macruros, poseen un abdomen muy desarrollado capaz de contraerse con un fuerte golpe de cola que le ayuda a desplazarse por el fondo marino. A diferencia de sus primos la cigala y el bogavante, no posee pinzas pero si un par de hermosísimas antenas, tan largas que superan la longitud total de su cuerpo. Las antenas sirven para dos cosas muy importantes: ahuyentar a los intrusos (al marcar una distancia de seguridad entre ella y el posible peligro) y conocer su entorno inmediato mediante el tacto, algo muy útil cuando vives en una oscura grieta y no te apetece pegarte un coscorrón contra la roca. Nunca debemos tocar las antenas de una langosta, pues son muy delicadas y aunque pueda regenerarlas si las pierde, durante el tiempo que esté sin ellas su capacidad sensitiva se verá seriamente dañada.
La coloración de la langosta es por lo general rojiza-parda, con manchas claras en los primeros segmentos del abdomen. La langosta puede alcanzar de 3 a 4 kilos de peso y los 50 cm de longitud, pero los individuos verdaderamente grandes empiezan a escasear. Otra especie muy habitual de nuestras costas es la langosta real (Palinurus regius), que en vez de roja es de color verdoso con bandas amarillas en el abdomen.
Las langostas pueden vivir hasta los 100 metros de profundidad pero es más frecuente verlas cerca de la costa, compartiendo grieta con los congrios. Allí se esconde tan tranquilas durante el día, asomando sus antenas cual vecina fisgona, esperando a que llegue la noche para salir a buscar moluscos, equinodermos y carroña.

 

Atención: El nombre latino de las langostas, Palinurus, proviene del timonel troyano de Eneas, Palinuro, que se quedó dormido “al volante” y cayó por la borda. Así que en vuestras próximas inmersiones… ¡no os olvidéis de saludar al viejo timonel!

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