Sepia común (Sepia officinalis)

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¡Una de sepia! Pero en nuestro logbook, malpensados, que no estamos en un bar de tapas… la sepia común forma parte de la curiosa familia de los cefalópodos (podéis refrescar vuestros conocimientos sobre estos caballeros a través de nuestra pequeña clase de biología para dummies), y es muy habitual verla paseando por las aguas del Cantábrico y del Mediterráneo.

El cuerpo de la sepia es ancho, oval y aplanado, de unos 30-40 cm (aunque pueden llegar a alcanzar los 65 cm) y aparece rodeado por una cresta cutánea a modo de aleta que ondula con hipnótico vaivén, como los volantes de una bailarina. Las sepias, al igual que sus primos hermanos los calamares, poseen un total de 10 tentáculos: ocho tentáculos normalitos, como los de los pulpos, y otros dos brazos largos y retráctiles terminados en mazas con ventosas, que sirven basicamente para aporrear a la futura comida.

En el interior de las sepias se oculta el jibión, un misterioso regalo de la marea que a veces vemos varado en las playas. Esa pieza blanca de aspecto quebradizo es la concha interior de la sepia, y cumple una importante función: al igual que nuestros jackets, el jibión ayuda a nuestra amiga a controlar su flotabilidad, ya que está compuesto por carbonato cálcico, un material muy poroso que almacena pequeñas cantidades de aire y gas en su interior.

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El jacket de la sepia

Y del interior pasamos al exterior, ese fantástico exterior jaspeado, de coloración tan variable como su estado de ánimo. Una sepia puede cambiar del color pardo al blanquecino, del blanquecino al tono arena, del arena al marrón soy-una-roca, y así sucesivamente, adaptándose al entorno para mimetizarse perfectamente con él. Este pequeño milagro se debe a unas células, comunes a todos los cefalópodos, llamadas cromatóforos. Los cromatóforos están llenitos de pigmentos de color rojo, amarillo, negro, blanco y verdoso. Estos pigmentos se expanden o condensan a voluntad por medio de una contracción muscular controlada por el sistema nervioso. El patrón de colores puede llegar a ser extremadamente complejo: está el modo camuflaje ( “No soy una sepia sino sólo un inocente montoncito de arena. O una roca rugosa llena de algas. O lo que me pille más cerca”); el modo jaspeado (“Sepio busca sepia para amistad y lo que surja”) o el modo batalla con diversos patrones de manchas, lunares y ronchones. Según este fantástico artículo de la web “Mare Nostrum”, en algunas especies se han catalogado 31 variaciones y se ha calculado un repertorio de 300 diseños en los que se combinan variaciones de color, textura y lenguaje corporal.

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La sepia común no llega a los espetaculares niveles de sus hermanas mayores, estas sepias gigantes australianas, fotografiadas en pleno despliege por el artista Scott Portelli.

Parte del mérito de este camuflaje lo tienen los ojos de la sepia, tan extraños, bellos e inteligentes: unos ojos de marciano que nos informan, contra todo pronóstico, de que el buceador acaba de pasar de observador a observado. Y es que los ojos de la sepia son capaces de una agudísima visión, no tienen punto ciego y pueden codificar mucha información y procesarla magistralmente ( textura, movimiento, luz…) para adaptar su coloración al entorno y fundirse con él. Magia natural.

La sepia es un animal de costumbres nocturnas y durante el día suele esconderse bajo un colchón de arena, soñando con los crustáceos, langostas y pequeños peces que se zampará cuando caiga el sol. Sus principales enemigos son las morenas, los congrios y por supuesto el hombre, que la encuentra deliciosa a la pancha con un poquito de perejil y limón.

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¡Zoy una zepia bebé! ¿Me daz una piruleta?

Atención: aparte de la sepia común, en nuestras aguas también está a su hermana pequeña, la sepia elegans. Es muy chiquitina, de apenas 8 cm. de longitud, y sus amigos la llaman Chopito.

 

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