Lola y el mar

Dicen que el mar es la cuna de la vida: sin él, nuestro Planeta Azul no sería más que una triste roca girando alrededor del Sol. Quizás por eso los poetas, que nunca se equivocan, le llaman Padre Océano.

El mar es la cuna de la vida, lo dicen también los científicos. Es el líquido amniótico del que todos hemos salido, arrastrándonos y boqueando. Como escribí hace tiempo, puede que esta herencia haya quedado registrada en nuestro código genético y al volver al agua, podamos percibir todavía el viejo cordón umbilical. Tal vez por eso este mar, que es padre, que es cuna, puede llegar a ser terapéutico y ayudarnos a combatir nuestros peores demonios. En el mejor de los casos puede ayudarnos a sanar.

Esto es precisamente lo que le ocurrió a nuestra protagonista: a los 56 años y con un cáncer fulminante, Lola se hizo buceadora. Bajo las olas la mujer encontró calma, refugio y motivación. El cáncer fue desapareciendo  pero Lola y el mar se quedaron.

Esta es su historia.

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“Yo siempre he sido una mujer fuerte”, dice Lola, casada desde hace 30 años y madre de tres hijos. “He luchado contra viento y marea por mi familia y en los momentos difíciles he sido yo la capitana que ha llevado el timón del barco. Pero hubo un momento en que el barco encalló. En febrero de 2014 me diagnosticaron cáncer… y no supe luchar.”

Lola nunca había sufrido ninguna enfermedad  y de repente, la peor de todas ellas llamaba a su puerta. El inevitable vía crucis de médicos, pruebas y hospitales dio comienzo, mientras las palabras “radioterapia” y “quimioterapia” se iban volviendo cada vez más cercanas, más amenazadoramente reales. “Me sumí en un mundo interno”  susurra Lola  “Lo cierto es que no sufría, no pensaba, no hablaba con nadie… estaba apática”. Y es que hay horrores tan difíciles de asimilar que nuestro cerebro se cierra en banda, buscando la protección de la inconsciencia.

Pero el cáncer no sabe de barreras. Las sesiones de radio y quimio desembocaron en una durísima operación que tuvo la virtud de marcar un antes y un después para Lola  “La cosa se complicó y casi no lo cuento” – afirma –  “pero al final salí, después de un mes ingresada y muchas complicaciones, con una ostomía de por vida (más que superada) y muchas ganas de vivir.” De este impulso vital, de esta afirmación personal, nacen las mejores historias. Y como en las mejores historias, la protagonista no estaba asola.

Algo de salitre debía tener Lola en la sangre porque los tres hijos, sus tres tesoros,  le salieron buceadores. Y eso que al principio ella no se sentía demasiado atraída por el mar: “Me daba miedo el no saber qué se esconde debajo” – confiesa Lola entre risas- “Te voy a contar un secreto y puedes reírte pero es así… ¡no he conseguido nunca quitar de mi mente la primera película de Tiburón! Y cada vez que estaba en la playa y me adentraba un poco, se me encogía el estómago y tenía que salir disparada para la orilla”.

Pero una mujer que le planta cara al cáncer, bien puede plantarle cara a un tiburón imaginario. En julio del 2015, tras recuperarse de una terrible operación provocada por la metástasis de la enfermedad en el hígado, Lola se echó al agua en compañía de sus hijos Alex y David. “Mi oncóloga” – sonríe  la mujer –“se echaba las manos a la cabeza, pues tengo la ostomia y el reservorio por donde me administran la quimio… ¡era la primera vez que un enfermo de cáncer le pedía permiso para aprender a bucear!”

© Nina Moysi Photography_mangobay_146

Al principio la sensación de respirar bajo el agua fue un poco agobiante, ver cómo se le escapaba el aire en forma de burbujitas que buscan la superficie… pero casi sin darse cuenta, la angustia desapareció y ya sólo tuvo ojos para el mar. “Fue alucinante, intentaba nadar pero se me olvidaba, sólo iba pendiente de todos los peces que nadaban a mi alrededor y que yo intentaba tocar como una niña pequeña” – recuerda Lola-  “Vi un pulpo escondido en su cueva, unas plantitas que las tocas y se cierran (no quedó ni una abierta a mi paso), tuve un ermitaño en mi mano y le di de comer a los peces con un erizo. Fue todo mágico

 Lola avanzaba bajo el agua del brazo de su hijo Alex mientras David iba sacando fotos, y no pudo evitar comparar la elegancia de las criaturas marinas, como fluían y se deslizaban, con su torpeza natural de mamífero recién aterrizado en un planeta acuático. Lola iba dando tumbos de un lado para el otro, como una pececita despistada, y entonces pensó… ¿por qué no aprender a moverme en este reino? ¿Por qué no aprender a bucear?

“Sí, así decidí hacer el curso OWD: con 56 años, cáncer de recto con metástasis de hígado y pulmones, operada por dos veces y en tratamiento con quimio. Muchos me dijeron que estaba loca pero yo solo necesitaba el apoyo de mi familia y mis ganas. Ganas no me faltaban y apoyos tampoco.”                                                                     

Así que llegó el momento de la verdad. La parte teórica no supuso mayor problema que solventar algunos asuntillos de intendencia, pero las inmersiones fueron un hueso más duro de roer de lo que Lola imaginaba. Como equipo de apoyo a la capitana tenemos a sus tres hijos: Alex de instructor, David y Samuel de acompañantes.  “Si, me costó mucho” – confiesa – “Hice más inmersiones de las que eran, me ponía muy nerviosa, no podía hacer los ejercicios, las gafas se me inundaban y no conseguía vaciarlas porque me entraba agua por la nariz y me agobiaba y además el tiempo no acompañaba.”

Pero como dicen los ingleses, “NO PAIN, NO GLORY”. A pesar de todas las dificultades, en octubre del 2015 Lola estaba en posesión de un carnet de buceadora OWD que no fue regalado sino ganado con sudor y legítimo esfuerzo. “No puedo más que agradecer a mi hijo Alex la infinita paciencia que tuvo conmigo”.

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¿Y cómo sigue esta aventura? Pues como no podía ser de otra manera, con Lola superando problemas y buscándose las castañas, como ha hecho siempre. El agua del Mediterráneo en otoño está bastante fresquita y los médicos dictaminaron que era una temeridad seguir buceando y arriesgarse a coger un constipado en su delicado estado de salud. La mirada de Lola se dirigió entonces a aguas más cálidas y exóticas. ¿Siguiente movimiento? La isla de Kho Tao, en el Índico tropical.

Verás,  en diciembre  me dio mi oncóloga unas pequeñas vacaciones de quimio hasta el 21 de Marzo  y pensé que era el momento.” – explica Lola- “Después no sabía qué pasaría, así que decidí sacar los billetes para el 2 de marzo con vuelta para el 19. Ha sido un viaje planeado con ilusión y realizado y disfrutado al máximo.”

Y para allá se fue esta mujer de 56 años, con su enfermedad, su pasaporte y su flamante carnet de OWD listo para ser sellado, a recorrerse medio mundo para visitar la mágica isla de Koh Tao. Allí le esperaban su hijo Alex y su nuera, trabajando como instructor él y recepcionista  ella en el centro de buceo “Pura Vida Diving”, distrito Doi Tao. El avión partió de Málaga y la dejó nada menos que en Moscú. De Moscú voló a Bangkok, para luego coger un tren nocturno con destino Chumpo y de allí un autobús que la depositó, finalmente, ante el barco que la llevaría a las orillas turquesa de Koh Tao. Dos días de trajín, dos días de pura vida y bienestar. Y eso era solo el principio.

“He disfrutado de mi hijo y de mi nuera, he conocido gente estupenda y parajes de  los que salen en las postales, he montado en un taxi barco y hemos recorrido toda la costa de la isla, he hecho snorkel a mi estilo, he montado en moto, me he bañado en playas maravillosas con aguas a 33º grados y me he hecho un tatuaje en el tobillo, una preciosa tortuga. He buceado con mi hijo y ha sido increíble, me he sentido cómoda y más segura, disfrutando de un fondo marino extraordinario con una visibilidad increíble y un montón de vida. Un azul muy especial e inolvidable.”                                                               

Y al dejar atrás las aguas cristalinas de Koh Tao nos vamos acercando irremediablemente al final de este artículo. Lola sigue peleando, seguirá buceando. Ahora es incluso más sabia que antes, porque ha comprendido que la fortaleza nace y brota como un manantial de nosotros mismos, incluso (sobre todo) en las circunstancias más adversas. “El buceo tuvo su importancia”- concluye-  “pero la única que me ayudó a superarlo fui YO y quién diga lo contrario miente. Si tú no quieres todo es imposible.

La capitana se despide de nosotros con unas palabras para su fiel tripulación: “Quiero agradecerle a mis hijos su presencia, son lo mejor y estoy muy orgullosa de ellos. Y a mi marido su apoyo incondicional a mis pequeñas locuras…”.

Bueno chicos, pues aquí termina la historia de Lola y el mar… ¿termina? ¡Qué tontería! Todos sabemos que esto no ha hecho más que empezar.

© Nina Moysi Photography_mangobay_198

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